Giovanni Battista Cima, más conocido como Cima da Conegliano por la localidad de la Marca Trevisana donde nació hacia 1459-1460, representa un caso singular dentro de esta serie: sin ser, como Giovanni Bellini, un innovador radical del lenguaje pictórico, fue durante casi tres décadas uno de los pintores de altar más solicitados de Venecia, y el gran vehículo de difusión del estilo de Bellini en el territorio de la Terraferma.

Santa Elena (1495), óleo sobre madera, Galería Nacional de Arte (Washington). Fuente

Orígenes humildes y una formación incierta

Hijo de un cimatore o cardador de paños de lana —oficio que dio origen a su apellido artístico—, la fecha de nacimiento de Cima se deduce de un documento fiscal de 1473 en el que aparece registrado como contribuyente, lo que sitúa su nacimiento entre 1459 o 1460. No existen fuentes seguras sobre su formación juvenil, aunque su primera obra fechada, la Madonna della Pergola pintada para Vicenza en 1489, revela ya un pleno dominio del lenguaje renacentista, lo que ha llevado a la crítica a suponer un aprendizaje temprano en el entorno de Bartolomeo Montagna. Poco después, entre 1489 y 1492, Cima se trasladó definitivamente a Venecia, donde abrió taller propio en la contrada de San Luca y donde permanecería, salvo breves regresos a Conegliano, durante el resto de su carrera.

Anunciación (1495) tempera y óleo sobre tela, Museo del Hermitage, San Petersburgo. Fuente

Bajo la órbita de Giovanni Bellini

El estilo maduro de Cima es muy cercano, al lenguaje de Giovanni Bellini, hasta el punto de que algunos contemporáneos llegaron a apodarlo «il povero Bellini» (el pobre Bellini). El Bautismo de Cristo pintado en 1494 para la iglesia de San Giovanni in Bragora de Venecia certifica ya ese pleno dominio del equilibrio compositivo y de la luz bellinesca, y marca el inicio de una etapa de éxito ininterrumpido: hacia 1500, Cima llegó a ser, según la crítica, el pintor de altar más prolífico de Venecia, por delante incluso del propio Bellini y de los jóvenes Giorgione, Tiziano o Palma il Vecchio.

San Jerónimo en el desierto (ca. 1505-1510), óleo sobre madera, National Gallery, Londres. Fuente

Especialista en pala d’altare y en la Virgen con el Niño

Su producción se concentra casi por completo en dos géneros: la gran pala d’altare para iglesias y confraternidades, y la devoción privada de la Virgen con el Niño a media figura, tema que repitió en numerosas variantes a lo largo de toda su carrera. Entre sus obras maestras destacan la Madonna dell’arancio (Gallerie dell’Accademia de Venecia), la pala para la iglesia de la Madonna dell’Orto y la de San Giovanni in Bragora, así como la Sacra conversazione de la National Gallery of Art de Washington (1495). Su fama se extendió también fuera de Venecia: recibió encargos de Parma, Bolonia y Carpi, entre ellos la Madonna col Bambino tra i santi Michele Arcangelo e Andrea (1505), atribuida erróneamente a Leonardo da Vinci durante el siglo XVIII a causa de una firma falsificada.

Madonna dell’arancio tra i santi Ludovico da Tolosa e Girolamo
  Fuente

El paisaje como seña de identidad

Uno de los rasgos más distintivos de Cima, y el que la crítica destaca con mayor unanimidad, es la presencia constante en sus composiciones religiosas de paisajes inspirados en las colinas de su tierra natal: los alrededores de Conegliano, con sus castillos y perfiles montañosos, aparecen de forma reconocible al fondo de numerosas obras, convirtiendo la geografía trevisana en un elemento casi tan característico de su pintura como sus figuras religiosas. Este interés por integrar un paisaje naturalista, minuciosamente observado, en composiciones devocionales de gran formato lo distingue dentro de la escuela veneciana de su generación.

Últimos años y balance

Entre 1500 y 1515, Cima repartió su actividad entre Venecia y Emilia, sin dejar nunca de producir para su clientela veneciana. Algunos estudiosos han sugerido que, tras la muerte de Giovanni Bellini en 1516, Cima decidió abandonar Venecia, incómodo con el ascenso imparable del joven Tiziano y del nuevo lenguaje pictórico que este representaba; lo cierto es que regresó a Conegliano en el verano de 1516, donde murió al año siguiente, en 1517. Su última gran obra, hoy en la Pinacoteca di Brera de Milán, se ha interpretado como una suerte de testamento de fidelidad al lenguaje cuatrocentista frente a las novedades del Cinquecento naciente. Sin ser un innovador comparable a Bellini o a Mantegna, Cima da Conegliano encarna con particular claridad el modo en que el lenguaje de la escuela veneciana se difundió, se estabilizó y se convirtió en patrimonio común de toda una generación de pintores del territorio véneto.

Fuentes

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