Cuando la nube ardiente del Vesubio entró en la habitación en el año 79 d.C., el armario seguía en pie. La madera tardó casi veinte siglos en pudrirse, pero la ceniza ya se había endurecido a su alrededor y conservó su forma, igual que ocurre con los célebres calcos de yeso de los cuerpos. Asi los arqueólogos del Parque Arqueológico de Pompeya han recuperado el armario de una mujer con sus contenidos: utensilios de belleza, un perfumador, pesas, 38 monedas de bronce y un collar de 24 diminutos amuletos infantiles.

Un armario en la casa de Cornelio Máximo

El hallazgo se produjo en la casa IX 11, 7, en el centro de la ciudad, en la Regio IX. Su fachada da a la Via dell’Abbondanza, una de las arterias principales de Pompeya, y fue excavada en 1912; desde entonces se asocia con un tal Cornelio Máximo, aunque los autores del estudio consideran dudosa esa atribución, porque se basa en inscripciones que ya no pueden verse.

Lo que se ha excavado ahora es un conjunto de habitaciones ubicadas en la parte trasera de la casa. El mueble se encontró después de  retirar unos 2,5 metros de tierra y desmontar unos andamios metálicos instalados en las décadas de 1980 y 1990.

El armario era un mueble de esquina de dos alas, de unos 2 metros de largo cada una, apoyado en el rincón sudeste de la habitación. Se reconstruyó a partir de su huella: paredes de listones superpuestos, base de grandes tablones, baldas que se derrumbaron cuando cayó el techo, dos herrajes de hierro y dos altos pies de hierro que lo sujetaban al suelo.

Cosméticos, perfumes y pesas

Entre los objetos del armario hay utensilios de maquillaje —unas pinzas y una espátula o pequeña losa de pizarra para mezclar pigmentos, el equivalente romano de una paleta de maquillaje—, un balsamario de vidrio, un quemador de perfumes para aromatizar la casa y una lucerna de bronce. Había también cerámica de uso cotidiano, ollas de cocina, una copa fina decorada con escamas que imitan piñas y fragmentos de cerámica de «cáscara de huevo» procedentes de la Bética, la provincia que ocupaba buena parte del sur de la actual España. Los autores asocian varios de estos objetos con el mundo femenino, aunque sin cerrar la cuestión.

Lo único que seguía donde su dueño lo había dejado estaba en la parte inferior: una pequeña caja de madera con cierre de bronce y ocho pesas de plomo, seis de ellas con asas de hierro, que sugieren un uso más profesional que doméstico, quizá relacionado con la venta de mercancías.

Parte del contenido, en cambio, ya no estaba en su sitio: en algún momento indeterminado alguien excavó un túnel desde el oeste y removió el relleno, apartó en el suelo la vajilla de bronce —una jarra, un cubo sin asa, una copa en forma de cesto, otra ovalada y una lucerna— y la dejó apilada para recogerla más tarde. Nunca volvió. Según el Parque, otras excavaciones recientes han revelado huellas de personas que regresaron a excavar bajo los suelos en busca de sus pertenencias.

Un collar de amuletos infantiles

A unos 60 centímetros del extremo este del ala sur, pegados a la pared interior del armario, aparecieron 24 objetos miniatura, todos perforados para colgarse. Son de fayenza, hueso, pasta de vidrio y cristal de roca, y representan divinidades —se identifican Bes, dios de origen egipcio protector de los hogares y de los niños, y Mercurio, dios romano de los mercaderes y viajeros—, pies, manos, piñas y racimos de uva. Había además cuentas, un pendiente con forma de sandalia alada y un astrágalo, el hueso del tobillo de un animal que los romanos usaban como dado.

Los romanos llamaban crepundia a estos collares, del latín crepare, «hacer ruido»: los padres los colgaban a los niños para protegerlos y, de paso, oírlos cuando se movían, como un sonajero.  Figuras similares se pueden ver en bustos de niños del British Museum y de los Museos Vaticanos.

Lo llamativo es que estos amuletos acabaran en el armario de un adulto, y no es un caso aislado: en la Casa de Helvio Severo (I 13, 2) aparecieron amuletos de hueso y cuentas en un armario del atrio, y en la Casa del Jardín (Regio V) un cofre guardaba pequeñas joyas y amuletos. En la necrópolis de Porta Nocera, una mujer adulta, quizá una tal Pithia Rufilla, fue enterrada con colgantes de ámbar, cristal de roca y vidrio. Los investigadores sugieren que algunas personas conservaron estos objetos en la edad adulta como recuerdo de una infancia de la que quizá poco más sobrevivía, algo coherente con un mundo romano de gran movilidad geográfica en el que muchos vivían lejos de su familia y de su lugar de origen. Los amuletos estaban dentro de una bolsa de tela, de la que quedan restos.

Un pequeño tesoro: 38 monedas de bronce

Otro secreto del armario es un pequeño conjunto de 38 monedas, todas de bronce, guardadas en una cistella, una cestilla de fibra vegetal de la que solo se conserva la base.  Dos de las monedas son más antiguas y están muy desgastadas: una de Ibiza (Ebusus) y un sestercio acuñado bajo Claudio a nombre de Germánico. Las otras 36 son de la época de Nerón, acuñadas entre los años 64 y 67, con un grupo especialmente numeroso de 21 piezas del año 65. Las más recientes tenían ya unos doce años cuando se produjo la erupción.

Los autores lo describen como una pequeña reserva, quizá destinada a gastos cotidianos. Sumando los valores nominales se obtienen al menos 56 ases. Un grafito de una taberna pompeyana (CIL IV 1679) anunciaba que un as compraba vino corriente, dos uno mejor y cuatro vino de Falerno, de modo que ese dinero habría bastado para catorce copas de Falerno.

Una casa en obras, y dos ratones

Parco Arqueológico di Pompei. Fuente

La excavación ha aclarado también aspectos de la propia casa, más antigua y cambiante de lo que parecía. La sala, que los autores identifican tentativamente como un comedor, conserva un suelo de cal con fragmentos de piedra blanca del siglo II a.C. y restos de una decoración mural muy anterior que imitaba bloques de piedra; las estancias junto a la entrada se habían convertido en tiendas. Cuando estalló el volcán, la casa estaba en obras: los techos de las dos salas principales tenían solo yeso desnudo y alguien había abierto una ventana a posteriori, rompiendo parte de una pintura ya terminada. Las paredes, en cambio, mostraban pinturas refinadas del Cuarto Estilo, con fondos amarillos, pavos reales, panteras y delfines, atribuidas al taller de pintores de la Via di Castricio. Los autores recuerdan que esa decoración denota una cierta inversión, pero no dice por sí sola quién era el propietario.

Otra sala tenía un entresuelo de madera que también se derrumbó con todo lo almacenado, entre ello ánforas y vajilla, incluida un ánfora de aceite de oliva del norte de África. En el fondo de esa ánfora se recuperaron 117 diminutos fragmentos de hueso de al menos dos ratones jóvenes, que los especialistas atribuyen, como opción más probable, al ratón de campo (Apodemus sylvaticus), una especie de jardines y campos que se cuela en desvanes y despensas en busca de comida. El hallazgo se suma a los restos de roedores de la villa de Civita Giuliana y de las alcantarillas de Herculano, y recuerda que las ciudades romanas se compartían con huéspedes no deseados.

La dimensión humana de Pompeya

El hallazgo se publica en el E-Journal degli Scavi di Pompei, en un artículo firmado por el director del Parque, Gabriel Zuchtriegel, junto con Chiara Comegna, Saverio De Rosa, Domenico Esposito, Younes Naime, Giuseppe Scarpati y Ausilia Trapani. «Pompeya no es solo un lugar de grandes obras de arte; es también un lugar donde los objetos más corrientes devuelven la dimensión humana del pasado», afirma Zuchtriegel en el comunicado del Parque. Y añade que no se puede reconstruir con certeza la identidad de quien vivía en la casa, pero que estos fragmentos acercan a su vida cotidiana. Los títulos de prensa hablan del armario de «una mujer», pero el propio estudio deja abierta la cuestión: quien guardó esas cosas sigue sin nombre.

Parco Arqueológico di Pompei. Fuente

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