Entre 1684 y 1687, la República de Venecia protagonizó su última gran expansión territorial: la reconquista del Peloponeso, arrebatado al Imperio otomano por el almirante Francesco Morosini, el mismo comandante que quince años antes había tenido que rendir Candía tras el asedio más largo de la historia.

Un segundo intento, tras un primer fracaso

No era la primera vez que Morosini ponía sus ojos en la península. En 1659, en plena guerra de Candía, había desembarcado en el Peloponeso y, junto con los rebeldes maniotas, había logrado tomar Kalamata. Sin embargo, la necesidad de regresar a Creta para reforzar la defensa de la capital frustró aquella primera campaña. Un cuarto de siglo después, con Creta ya perdida, Morosini tendría una segunda oportunidad, mucho más favorable.

La oportunidad tras Viena

En 1683, un gran ejército otomano puso sitio a Viena, pero fue derrotado y obligado a retirarse por una coalición cristiana liderada por el rey de Polonia Jan Sobieski. El descalabro debilitó considerablemente al Imperio otomano y desvió su atención hacia el frente del Danubio. Venecia, integrada en la nueva Liga Santa junto a Austria y Polonia, vio en ello la ocasión perfecta para intentar recuperar los territorios perdidos en el Egeo y Dalmacia, y declaró la guerra a los otomanos el 25 de abril de 1684.

Una campaña relámpago

Morosini, al mando de las fuerzas venecianas, actuó con rapidez. Ya en 1684 conquistó la isla de Santa Maura (la actual Léucade). Al año siguiente desembarcó en el propio Peloponeso, y en apenas dos años, con la ayuda decisiva de la población griega local, logró someter toda la península y sus principales fortalezas: Corón, Kalamata, Navarino, Modón y, finalmente, Nauplia, que se convertiría en la capital del nuevo dominio veneciano.

Retrato de Doge francesco Morosini. Fuente

El éxito de la campaña fue tal que Venecia otorgó a Morosini el título honorífico de Peloponnesiaco, y le concedió un honor sin precedentes: la erección de un busto de bronce en el Gran Salón del Palacio Ducal en vida del propio almirante, con la inscripción Francisco Morosini Peloponnesiaco, adhuc viventi, Senatus (‘el Senado, a Francisco Morosini Peloponnesiaco, todavía en vida’).

Hasta las puertas de Atenas

Envalentonado por sus victorias, Morosini extendió la campaña hacia la Grecia continental, y en 1687 sus tropas llegaron a ocupar brevemente Atenas, en un episodio que se haría tristemente célebre por los daños causados al Partenón durante el asedio a la Acrópolis. No todos los frentes, sin embargo, tuvieron el mismo éxito: los intentos de conquistar Calcis (la antigua Negroponte) y de recuperar la propia Creta terminaron en fracaso, y Venecia no logró consolidar su presencia más allá del Peloponeso.

El doge guerrero y un legado efímero

En 1688, en pleno reconocimiento por sus éxitos militares, Morosini fue elegido doge de Venecia, convirtiéndose en el último gran doge guerrero de la historia de la República; a partir de entonces, el cargo pasaría a tener un carácter cada vez más ceremonial. La guerra se prolongó todavía más de una década, hasta que el Tratado de Karlowitz de 1699 reconoció formalmente la conquista veneciana, dando origen al llamado Reino de Morea. Fue la última gran expansión territorial de la Serenísima, aunque tuvo una vida breve: apenas dieciséis años después, en 1715, los otomanos recuperarían la península en una nueva guerra.

El Peloponeso (Morea), reconquistado por Venecia entre 1684 y 1687

Fuentes

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