Con Giorgione la serie entra de lleno en el Cinquecento y en el Alto Renacimiento veneciano. Pocas figuras de la historia del arte concentran tanto misterio en tan poco tiempo: activo apenas quince años y muerto en torno a los treinta y tres, Giorgio da Castelfranco —conocido como Giorgione, quizá por su corpulencia física o por la «grandeza de su ánimo», según refiere Vasari— es considerado, junto con su más joven contemporáneo Tiziano, el fundador de la escuela pictórica veneciana del Cinquecento, y el primer gran maestro de lo que la crítica denomina tonalismo veneciano.
Una biografía envuelta en incertidumbre
Nacido en Castelfranco Veneto hacia 1477-1478, apenas se conservan datos documentales fiables sobre su vida: ni un solo documento contemporáneo confirma con certeza su fecha de nacimiento, y la práctica totalidad de lo que sabemos de su biografía procede de las Vite de Giorgio Vasari, escritas más de medio siglo después de su muerte. Según la tradición recogida por Vasari, se formó en Venecia en el taller de Giovanni Bellini, aunque la documentación que lo confirme de manera directa es igualmente escasa. Lo cierto es que, para su ciudad natal, realizó dos obras tempranas que revelan ya su formación y su cultura: un fresco monocromo con instrumentos musicales, armaduras e instrumentos astrológicos y de pintura para el salón de la casa Pellizzari, y la Pala di Castelfranco (h. 1503-1504), su única comisión devocional pública conocida, pintada para la capilla Costanzo de la catedral de Castelfranco.

El giro hacia la pintura tonal
El aporte revolucionario de Giorgione, y el que definiría el destino de toda la escuela veneciana durante el siglo siguiente, fue el desarrollo de la llamada pittura tonale o pintura sin dibujo previo. Frente al método tradicional, basado en un dibujo preparatorio sobre el que se aplicaba después el color, Giorgione trabajaba directamente sobre el soporte con sucesivas capas de color superpuestas, dejando que la propia pincelada definiera las formas a partir de la luz y la atmósfera. Los exámenes técnicos realizados con reflectografía infrarroja sobre varias de sus obras han confirmado esta ausencia de dibujo subyacente, corroborando así el testimonio del propio Vasari, quien fechó hacia 1507 el cambio decisivo hacia este nuevo método. De esta técnica derivaría el tonalismo, principio constructivo basado en el color y no en la línea que se convertiría en la seña de identidad de la escuela veneciana frente a la tradición del disegno florentino.
Los enigmas iconográficos: La Tempestad y los Tres filósofos
Giorgione trabajó casi exclusivamente para un círculo reducido de comitentes cultos y aristocráticos, entre ellos el coleccionista Gabriele Vendramin, para quienes realizó obras de temática profana y de significado deliberadamente ambiguo. La Tempesta (Gallerie dell’Accademia, Venecia), con su enigmática yuxtaposición de un soldado, una mujer que amamanta a un niño y un paisaje recorrido por un rayo, ha generado durante siglos interpretaciones divergentes sin que exista consenso definitivo sobre su significado.

Algo semejante ocurre con Los tres filósofos (Kunsthistorisches Museum, Viena), en el que tres figuras de edades y atuendos distintos contemplan un paisaje rocoso, en una composición que se ha vinculado con la astrología, la alegoría del conocimiento o el propio ambiente intelectual del círculo humanista veneciano. Esta apertura hacia una pintura de gabinete, laica y sin un programa iconográfico unívoco, constituye una de sus aportaciones más originales: si en Giovanni Bellini todo remite a lo sagrado, en Giorgione la naturaleza y el sentimiento humano adquieren una autonomía inédita hasta entonces en la pintura veneciana.

La colaboración con Tiziano
En los últimos años de su breve carrera, Giorgione trabajó codo con codo con el joven Tiziano, que llegaría a considerarlo su maestro ideal. Juntos realizaron, en 1508, los frescos de la fachada del Fondaco dei Tedeschi, el gran almacén de los mercaderes alemanes junto al puente de Rialto —a Giorgione correspondió la fachada principal y a Tiziano la lateral—, obra hoy perdida casi por completo, salvo un fragmento con una figura femenina desnuda conservado en las Gallerie dell’Accademia. La cercanía estilística entre ambos pintores en esos años es tal que la crítica ha discutido durante siglos la atribución de varias obras, entre ellas la propia Venus dormida (Gemäldegalerie, Dresde), en la que se considera que Giorgione pintó la figura y Tiziano completó, tras la muerte de aquel, el paisaje de fondo.

Muerte prematura y legado
Giorgione murió en Venecia en el otoño de 1510, probablemente víctima de la peste que asoló la ciudad ese año; la noticia de su muerte llegó con rapidez hasta la corte de Mantova, donde Isabel de Este intentó sin éxito hacerse con alguna de sus obras. Se le atribuyen con seguridad documental apenas media docena de pinturas, un corpus mínimo que contrasta radicalmente con la magnitud de su influencia posterior: el llamado «giorgionismo» marcó profundamente a Tiziano, a Sebastiano del Piombo —que llevaría el tonalismo veneciano hasta Roma— y, a través de ellos, a toda la escuela pictórica de la Serenísima durante el resto del siglo XVI. Aunque su carrera duró poco más de una década, Giorgione consiguió desplazar el centro de gravedad de la pintura veneciana desde la solemnidad devocional de Giovanni Bellini hacia una nueva sensibilidad, íntima, poética y basada en el color, que definiría el Cinquecento véneto en su conjunto.




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