Despues de la desilusión de la visita a las ruinas del anfiteatro Romano de Concordia Sagittaria, decidi irme al centro a ver lo que encontraba.

Llegando a la Piazza Cardinal Celso Costantini, donde está el duomo de Santo Stefano, me acerque hacia la iglesia y psra mi sorpresa a un costado y bajo el nivel del suelo había un area arqueológica donde se veía un antiguo camino, quizas de origen Romano. Sin querer había encontrado lo que buscaba.

Entrando al museo descubri que el yacimiento se extiende bajo la catedral y bajo la propia plaza. Lo que se ve es una estratigrafía de más de mil quinientos años: desde los restos de época imperial romana hasta los muros de una gran basílica del siglo IV, pasando por áreas funerarias, los vestigios del episcopio y un singular edificio de culto triabsidado. Todo superpuesto, todo legible, todo en el mismo solar.
El área arqueológica debajo y alrededor de la Catedral de San Esteban se encuentra justo fuera de las murallas orientales de la ciudad romana, cerca de la carretera directa a Aquileia. Tiene un total de más de 5000 metros cuadrados de ancho.
La zona fue sede de almacenes comerciales hasta la segunda mitad del siglo d.C. Con la posterior conversión a un espacio funerario, aparecieron los primeros entierros cristianos
Desde finales del siglo IV d.C., cuando la ciudad se convirtió en sede episcopal, se construyeron en este lugar los primeros monumentos dedicados al nuevo culto. Las relaciones entre los diferentes edificios cristianos todavía presentan cierta incertidumbre interpretativa, en parte debido a las continuas renovaciones a las que fueron sometidos en la antigüedad.
La Via Annia bajo mis pies.
Lo primero que me detuve a mirar fue el tramo conservado de la Via Annia, la calzada consular que en el siglo II a. C. unía Adria con Aquileia. Las losas de piedra están ahí, grandes y bien encajadas, con la misma disposición que tenían cuando las pisaban los legionarios y los mercaderes del Imperio. Verlas desde arriba, desde una pasarela, produce una sensación extraña: es la misma calle, literalmente la misma, solo que enterrada bajo metros de historia acumulada.

La Basílica Apostolorum y sus mosaicos
Lo más interesante de la visita fue sin duda la Basílica Apostolorum. El edificio —cuarenta metros de largo por veinte de ancho— fue construido entre el 381 y el 389, demoliendo previamente una gran domus romana del siglo I. Lo consagró Cromazio, obispo de Aquileia, y fue la primera catedral de Concordia, destinada a acoger las reliquias de san Juan Bautista, san Juan Evangelista, san Andrés, san Tomás y san Lucas.



El aula se dividía en tres naves separadas por una doble fila de columnas. Un corredor central conducía a la zona presbiteral elevada, cerrada al fondo por un ábside interior. Allí se conserva la base del altar, una losa romana de piedra decorada con grandes flores que cubre el loculus donde reposaban las reliquias apostólicas. Vi también la escalinata para el clero y las gradas centrales que correspondían a la cátedra episcopal. Son estructuras modestas en su escala, pero que de algún modo transmiten con claridad cómo funcionaba el espacio litúrgico en los primeros siglos del cristianismo.
Lo que más me impactó fue el pavimento de mosaico. Toda la superficie del aula está cubierta por un tapiz de mosaico, dividido en compartimentos con motivos geométricos. En varios puntos se insertan cuadros con los nombres de los fieles que pagaron o donaron una buena cantidad de dinero para la construcción del mosaico, una práctica habitual en las iglesias paleocristianas que convierte el pavimento en un registro de generosidad comunitaria. Mirando esos nombres y pensé en orgullo que podía significar para un ciudadano del siglo IV ver su nombre escrito en el suelo de la iglesia más importante de la ciudad.









La trichora y los mártires de Diocleciano
Otra de las antiguas estructuras que se pueden ver en la zona arqueológica es la trichora martyrum, un edificio pequeño, de planta triabsidada, levantado en la segunda mitad del siglo IV para custodiar las reliquias de los mártires concordienses ejecutados durante la persecución de Diocleciano en el año 304.

En el centro del pavimento se distingue todavía el loculus de planta cruciforme donde se guardaban esas reliquias, sellado por una losa de piedra. Sobre ella descansaban originalmente cuatro pequeñas columnas que sostenían la mesa del altar.
Las áreas funerarias.
Junto a la trichora visité las dos áreas funerarias. La de la izquierda, de la primera mitad del siglo IV, conserva celdas cuadrangulares con hornacinas en la pared del fondo. La de la derecha, algo más tardía, albergó el sarcófago de Faustiniana.
A lo largo del recorrido vi también restos de las «horrea», los almacenes comerciales que flanqueaban la vía en los primeros siglos del Imperio.
La basílica sobrevivió a la invasión de los hunos de Atila en el 452, fue reconstruida, pero no pudo resistir la gran inundación del 589 que Pablo el Diácono describe en su *Historia Langobardorum*. El fango y los detritos la sepultaron, y así, paradójicamente, la conservaron.
Un palimpsesto visible
Al terminar el recorrido, lo que me quedó no fue la imagen de una ruina sino la de siglos de vida cotidiana. Sobre los restos de la Basílica Apostolorum se alzó en la alta Edad Media otra iglesia de tres ábsides, de la que subsisten algunos fragmentos murarios y cuatro plutei decorados en relieve de notable calidad. Sobre todo eso se construyó la catedral medieval, y encima de esa la actual. Cada generación encontró en este suelo la excusa para seguir edificando.
Subí de nuevo a la plaza con la sensación de que la superficie engaña. Concordia Sagittaria parece un pueblo cualquiera del Véneto interior. Pero basta bajar una escalera para entender que lleva siglos acumulando tiempo bajo los pies.



