Los descubrimientos arqueológicos siempre me hacen pensar a la historia que pueden esconder y si se trata de un objeto que está donde no debería, aún más.
En este caso es fácil Imaginar a un hombre envejecido que recoge sus pertenencias después de años de servicio en el confín más remoto del Imperio romano. Es celtíbero, nacido en las tierras áridas de lo que hoy es la provincia de Soria en España. Ha servido durante años en Britannia, en ese muro interminable que el emperador Adriano mandó levantar para separar el mundo civilizado de los pictos del norte. Y entre sus cosas, con el mismo cuidado con que guardaría una carta o una moneda de recuerdo, envuelve una pequeña copa de bronce esmaltado.
Esa copa acaba de aparecer, casi dos mil años después.
Un agricultor de Berlanga de Duero, pequeña localidad de la provincia de Soria, encontró hace unos meses varios fragmentos de una pequeña vasija de bronce esmaltado mientras trabajaba su tierra. Lo que parecía un hallazgo casual ha resultado ser uno de los descubrimientos arqueológicos más llamativos de los últimos años.
La pieza, bautizada como «copa de Berlanga, ha sido estudiada por un equipo de investigadores del CSIC y del Museo Arqueológico Nacional, y sus conclusiones han sido publicadas en la revista «Britannia». El resultado es tan sugestivo que, como señalan los propios autores, tiene la coherencia de una novela de aventuras.
Para entender la importancia del hallazgo hay que conocer primero el objeto que lo inspira. La muralla de Adriano es una de las construcciones más famosas de la Antigüedad: un muro defensivo de 117 kilómetros que el emperador Adriano mandó construir entre los años 122 y 128 d.C. para proteger la provincia romana de Britannia de las incursiones de los pictos, el pueblo indígena que habitaba el norte de las islas británicas.

La copa de Berlanga pertenece a un pequeño y muy especializado grupo de vasijas de bronce esmaltado conocidas como «fuentes del muro de Adriano». Estos objetos son excepcionalmente raros —se conocen menos de diez ejemplos comparables— y llevan décadas fascinando a los especialistas por su combinación de valor artístico e información histórica.
Pero la copa de Berlanga no es simplemente otra pieza de la serie. Es, de hecho, la única en el mundo que rompe un patrón que hasta ahora parecía constante. Todos los ejemplares conocidos hasta el momento tenian inscripciones exclusivamente de fuertes del sector occidental del muro. La copa de Berlanga rompe ese patrón: es la única pieza que nombra fuertes del sector oriental —Cilurnum, Onno, Vindobala y Condercum—, lo que la convierte en un hallazgo arqueológico sin precedentes y ofrece una imagen cartográfica más completa del muro tal como lo celebraban los propios romanos.
Además, el orden de los nombres corre de oeste a este, como si el observador estuviera situado en el lado romano de la barrera mirando a lo largo de ella: una perspectiva única entre estos recuerdos.
El análisis científico no deja lugar a dudas sobre el origen de la pieza. El análisis isotópico del plomo, procesado mediante el algoritmo AMALIA, apunta a minas del norte de Inglaterra o Gales como el origen más probable del metal: concretamente, las minas de los North Pennines, Durham o Gales. La proximidad geográfica de esas minas a la propia muralla de Adriano refuerza la hipótesis de fabricación local en Britannia.
Combinando esos datos técnicos con la información histórica sobre los fuertes mencionados en la inscripción, el equipo ha podido fechar la pieza con notable precisión: entre los años 124 y 150 d.C.
¿Cómo llegó entonces esta copa, fabricada en el extremo norte de Britannia, hasta un campo en Soria?
La respuesta que proponen los investigadores es tan humana como convincente. Los romanos incorporaban sistemáticamente tropas de los territorios conquistados a su ejército, y se sabe que una unidad celtíbera, la «Cohors I Celtiberorum» sirvió efectivamente en la muralla de Adriano durante el siglo II d.C.
La evidencia epigráfica confirma su presencia gracias a varios diplomas militares, uno de ellos hallado precisamente en Cilurnum —uno de los fuertes que aparecen inscritos en la copa—, fechado entre los años 145 y 146 d.C.
En la misma zona se han encontrado inscripciones funerarias de soldados celtíberos. Todo encaja.
Los especialistas interpretan la copa no como un objeto ordinario, sino como una pieza de prestigio vinculada al servicio militar. Según el estudio publicado en «Britannia», pudo haber funcionado tanto como recuerdo conmemorativo como distinción honorífica entregada a los soldados tras completar su servicio en el muro.
El hallazgo no termina en la copa. Las prospecciones en el entorno del yacimiento de La Cerrada del Arroyo han revelado algo más. El radar de penetración terrestre identificó al menos un edificio rectangular de aproximadamente 17 metros de largo por 14 de ancho, con varias habitaciones a ambos lados del eje principal y restos de pavimento conservado. Al sur del edificio, los investigadores localizaron una sala con ábside y un pequeño anexo probablemente dividido en dos estancias. El conjunto apunta al ángulo de un complejo rural más amplio cuya función agrícola habría evolucionado a lo largo de los siglos.
En otras palabras: la copa no fue abandonada en descampado. Perteneció a alguien que vivió allí, en una villa romana de la Celtiberia, quizás el mismo hombre que la trajo desde los confines de Britannia.
La copa de Berlanga hace algo inusual: comprime la distancia. Britannia e Hispania, frontera y hogar, servicio y regreso confluyen en un único objeto. Muestra cómo funcionó el Imperio romano no solo a través del control, sino también a través del movimiento. Los soldados viajaban lejos de su tierra, vivían en entornos desconocidos y a veces regresaban llevando consigo fragmentos de esas experiencias.
La copa de Berlanga tiene el honor de ser la segunda pieza de esta rarísima serie encontrada en la Península Ibérica, después del fragmento del siglo XIX conservado en Londres, y la única que permanecerá en España.
Un soldado celtíbero que sirvió en el fin del mundo conocido, y que volvió a casa con el muro grabado en bronce. Pocas veces un objeto pequeño ha contado una historia tan grande.



