Lerma es una de esas villas que el poder transformó de arriba a abajo en un instante histórico. A comienzos del siglo XVII, don Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, valido de Felipe III y Duque de Lerma, decidió convertir este rincón de Burgos en una ciudad nueva, a su medida y a la medida de la Corte.

Asentada sobre un cerro que domina el valle del Arlanza, la villa perdió su fisonomía medieval en el siglo XVII por deseo y capricho expreso del Duque. El resultado fue un conjunto conventual y cortesano que no tiene parangón en España, y el Convento de Santo Domingo es una de sus piezas más significativas.


El Duque y los frailes dominicos

El Duque decidió construir un convento para sus protegidos frailes dominicos, encargando el diseño a fray Alberto de la Madre de Dios. Las obras comenzaron en 1613 y avanzaron con notable rapidez, dándose inicio ese mismo año tanto al convento dominico de San Blas como al monasterio de Santo Domingo.

Con el patrocinio del poderoso Duque la obras  terminaron en tan sólo cuatro años. A finales del verano de 1617 se acabó de construir la fábrica del convento de Santo Domingo, que costó 20.000 ducados, y los frailes dominicos se trasladaron a su nueva residencia.

La visita real no tardó en llegar. Felipe III lo visitó por primera vez acompañado de sus hijos, la tarde del lunes 16 de octubre de 1617.


La arquitectura y el retablo

Destacan en la fachada principal los escudos de los Duques de Lerma y la imagen del santo fundador de la Orden de Predicadores. El conjunto esta coronado por una magnífica espadaña, sin embargo la que vemos hoy, no es la original: el remate inicial era triangular, y se estima que la espadaña actual fue construida en el siglo XVIII.


Napoleón, la desamortización y el olvido

La vida religiosa del convento fue interrumpida y retomada en varias ocasiones. Las tropas francesas convirtieron el convento en cuartel en 1808 y lo devolvieron a los dominicos en 1813. Apenas dos décadas después, la Desamortización de Mendizábal puso fin definitivo a la presencia religiosa: el convento fue abandonado en 1836 y tuvo distintos usos a lo largo de los siglos XIX y XX.

Después de la invasión napoleónica y tras sufrir un gravísimo incendio a mediados del siglo XX, fue deshabitado por parte de los frailes; primero fue utilizado como cuartel de la Benemérita y después, hasta diciembre de 2009, como Instituto de BUP, FP y ESO para Lerma y su comarca.


El edificio hoy

En la actualidad es un complejo de usos múltiples del Ayuntamiento de Lerma, y en la primitiva iglesia del convento se alberga el Museo de Trajes Barrocos, que se utilizan en la Fiesta Barroca de primeros de agosto.

Es un destino menor del patrimonio de Lerma, eclipsado por el Palacio Ducal —hoy Parador Nacional— y por el activo Monasterio de San Blas, donde las monjas dominicas siguen en clausura. Pero su historia condensa en pocas décadas casi todos los episodios que marcaron el destino de la arquitectura religiosa española: el esplendor del mecenazgo barroco, la violencia napoleónica, la desamortización liberal y la lenta reconversión de los espacios sagrados en equipamientos civiles. El convento de Santo Domingo los vivió todos, y todavía está en pie para contarlo.

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