Hay objetos que la arqueología rescata del olvido y que, a primera vista, no parecen gran cosa: trozos de cerámica, restos de barro endurecido, costras oscuras adheridas al interior de vasijas antiguas. Pero a veces, esas costras son una máquina del tiempo.

Un equipo de investigadores polacos estudió los restos de excrementos humanos conservados en orinales romanos de los siglos II al IV d.C. y encontró algo que nadie esperaba: la evidencia más antigua conocida de un parásito que se creía originario de América Central, hallada en una provincia fronteriza del Imperio Romano en la actual Bulgaria.

Baños públicos Romano en el museo del mosaico Zeugma, Turquía.

El estudio, publicado en la revista npj Heritage Science, combina arqueología, paleoparasitología y análisis de ADN antiguo para reconstruir el estado de salud de los habitantes de Moesia Inferior, la provincia romana que vigilaba el bajo Danubio.


Novae y Marcianopolis: dos ciudades junto al Danubio

El equipo centró su trabajo en dos yacimientos de la provincia de Moesia Inferior: Novae, importante campamento legionario situado cerca de la actual Svishtov, en Bulgaria, y Marcianopolis, capital provincial fundada por el emperador Trajano. En 2022, los investigadores comenzaron a recoger muestras de orinales de cerámica hallados en las excavaciones de ambos lugares. A lo largo de casi dos mil años, la orina y las heces depositadas en esos recipientes se habían transformado en costras mineralizadas adheridas a las paredes interiores.

Con un bisturí, el equipo raspó con cuidado el material de dos zonas concretas: las paredes internas, donde los líquidos salpicaban y se secaban, y el fondo, donde los residuos sólidos se acumulaban y endurecían. Las muestras fueron rehidratadas, tamizadas a través de mallas ultrafinas y examinadas al microscopio a 400 aumentos. Dado que algunos parásitos resultan casi idénticos visualmente, el equipo recurrió también al análisis de ADN antiguo para distinguirlos con precisión.


Los parásitos que vivían en los intestinos romanos

Los resultados fueron reveladores. En las muestras de Novae se identificaron tres parásitos intestinales. El primero fue Taenia sp., la tenia o solitaria, detectada al microscopio; este parásito se transmite al consumir carne cruda o poco cocinada contaminada. El segundo fue Entamoeba histolytica, el agente causante de la disentería amebiana, que se propaga a través del agua o alimentos contaminados, o por contacto directo con personas infectadas.

Pero el hallazgo más inesperado fue el tercero: Cryptosporidium parvum, un protozoo que infecta tanto a animales domésticos como a humanos y que se propaga principalmente a través del agua contaminada. Hasta ahora se creía que este patógeno había surgido en América Central, mucho más tarde. Su presencia en los orinales de Novae constituye la evidencia más antigua y fiable de Cryptosporidium en el Mediterráneo, y reescribe parte de la historia evolutiva de este microorganismo.


El agua del Danubio y la villa junto al campamento

Los investigadores apuntan al agua como principal vector de contagio. La villa donde se encontraron los orinales de Novae estaba situada junto al campamento de la Legio I Italica y dependía probablemente de un sistema de abastecimiento conectado al Danubio. Los canales de alcantarillado del área confluyen también hacia el río. En época de lluvias o crecidas, los residuos podían penetrar en el agua potable y exponer a los residentes a los parásitos: el mecanismo clásico de contaminación fecal del agua de consumo.

El contraste con Marcianopolis resulta elocuente. El único orinal analizado en esa ciudad no mostró ningún rastro de parásitos. Los investigadores apuntan a un suministro de agua de mejor calidad, procedente quizás de manantiales naturales cercanos, o a una dieta diferente con menor exposición a carne contaminada.


Por qué los orinales y no las letrinas públicas

Una de las razones por las que este estudio resulta especialmente valioso tiene que ver con la naturaleza del objeto analizado. Los orinales domésticos fueron utilizados por un número reducido de personas, lo que los convierte en fuentes de información mucho más directas sobre la salud individual que las grandes letrinas públicas, donde los residuos de múltiples usuarios y la posible contaminación cruzada con animales complican la interpretación. Los excrementos conservados en estos recipientes son, en sentido estricto, un testimonio humano puro: sin mezcla, sin ambigüedad.


Un primer estudio para toda una región

El equipo, formado por investigadores de la Universidad Adam Mickiewicz, la Universidad de Varsovia y la Universidad Médica de Varsovia, señala que este es el primer análisis parasitológico publicado a partir de yacimientos arqueológicos de Bulgaria, cubriendo un vacío significativo en el mapa de la paleoparasitología romana en los Balcanes orientales.

Lo que los orinales de Novae guardan en sus costras no es solo mugre antigua. Es un registro de cómo vivían, comían y enfermaban las personas que habitaron la frontera romana hace diecisiete siglos. Y la lección que extraemos no es tan distinta de la que conocemos hoy: la salud de una ciudad depende, en buena medida, de la calidad del agua que bebe.

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