Con Domenico Tintoretto la serie da el paso, por primera vez, hacia el Seicento veneciano. Hijo primogénito de Jacopo Robusti —el gran Tintoretto que dedicamos ya  Domenico representa un caso paradigmático de continuidad familiar en el mundo de los talleres venecianos: heredó el nombre, el oficio y buena parte de la clientela de su padre, aunque sin llegar nunca a igualar su genio.

Formación en el taller paterno

Nacido en Venecia en 1560, Domenico se crio y formó por entero en la bottega de su padre, a la que se incorporó como colaborador principal a medida que la edad avanzada de Jacopo le restaba agilidad para el trabajo. A los diecisiete años ingresó en la corporación de pintores venecianos, y desde entonces participó de manera creciente en la ejecución de los grandes ciclos decorativos del taller familiar, entre ellos las Historias de los Gonzaga (1579-1580) para la corte de Mantua y los trabajos en el Palacio Ducal de Venecia. Su mano se reconoce, según la crítica especializada, en la pincelada más densa y de tonalidades terrosas, en una caracterización de los personajes de fuerte realismo y en unas luces algo más toscas que las del padre, rasgos visibles en obras compartidas como los bocetos para el gran Paraíso de la Sala del Maggior Consiglio.

El heredero designado

El testamento dictado por Jacopo el 30 de mayo de 1594, un día antes de morir, resulta revelador del papel que el padre reservaba a su hijo: lo designaba heredero de «todas las cosas pertenecientes a la profesión» y le encomendaba expresamente terminar las obras que quedasen inacabadas, empleando la misma manera y diligencia que había demostrado ya en muchos de sus trabajos anteriores. Tras la muerte de Jacopo, Domenico asumió la dirección del taller y completó varias de esas piezas pendientes, al tiempo que emprendía nuevos encargos independientes, entre ellos su trabajo como cartonista para los mosaicos de la basílica de San Marcos y pinturas para los conventos femeninos de Sant’Alvise, Santa Marta y Ognissanti, así como para las iglesias de San Stae y San Trovaso.

Un lenguaje entre la fidelidad y el cambio de gusto

Domenico se mantuvo siempre fiel, en lo esencial, al lenguaje dramático y a la construcción manierista de fuertes diagonales que había caracterizado la obra de su padre; varias de sus composiciones religiosas —como el Bautismo de Cristo, la Flagelación o la Coronación de espinas, que podrían haber formado parte de un mismo ciclo— derivan directamente de prototipos paternos. Sin embargo, con el paso de los años desarrolló un lenguaje algo más sobrio y controlado, en sintonía con el gusto cambiante de la Venecia de entre siglos, y se especializó de manera cada vez más marcada en un género en el que alcanzaría su mayor reconocimiento personal: el retrato, disciplina en la que se convirtió en uno de los pintores más solicitados de Venecia entre el final del Cinquecento y el primer Seicento, apreciado por su capacidad para captar con finura psicológica el carácter de sus modelos.

Obras religiosas y cuestiones de atribución

Entre sus obras devocionales de mayor empeño se cuentan San Jorge y el dragón, para la iglesia de San Giorgio Maggiore, el Traslado del cuerpo de San Marcos a Venecia, para la Scuola Grande di San Marco, y una Aparición de San Marcos para la iglesia ducal. La estrecha colaboración con el taller paterno y la similitud de estilo entre ambos han generado, además, no pocas discusiones de atribución: algunos estudiosos, como Erica Tietze-Conrat, han llegado a proponer que ciertas obras tradicionalmente asignadas a Tiziano o al propio Jacopo podrían corresponder en realidad a la mano de Domenico.

San Jorge y el dragón. Fuente.

Últimos años

A los setenta y cuatro años, Domenico sufrió un ataque de apoplejía que le paralizó la mano derecha; se cuenta que intentó seguir pintando con la izquierda, sin éxito. Había proyectado dejar su estudio a sus colaboradores para que formaran una academia, proyecto que no llegó a materializarse. Murió en Venecia el 17 de mayo de 1635, y con él, en palabras del biógrafo Carlo Ridolfi, se apagó «la última luz de la gloriosa familia de los Tintoretto».

Encuentro de Jesús con Maria y Marta. Fuente.

Legado

Aunque su producción nunca alcanzó el brillo ni la originalidad de la de su padre, Domenico Tintoretto desempeñó un papel fundamental como puente entre el gran Cinquecento veneciano y el nuevo siglo: sostuvo durante cuarenta años el prestigio del taller familiar, mantuvo viva la memoria del estilo paterno en decenas de encargos religiosos y civiles, y consolidó, a través de su faceta de retratista, un registro propio que la Venecia de entre siglos supo valorar en su justa medida.

Fuentes

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