Cada botella de Rioja o de Douro que hoy llega a una mesa carga, sin que nadie lo sospeche, un linaje genético de tres milenios. Esa es, en esencia, la revelación de un nuevo estudio publicado en la revista Current Biology, que ha logrado extraer y analizar ADN de semillas de uva carbonizadas y conservadas en ambientes anegados, halladas en yacimientos arqueológicos de España y Cerdeña. El hallazgo no solo ilumina el momento exacto en que la vid domesticada llegó a la península ibérica, sino que documenta, con una precisión sin precedentes, cómo aquellas primeras vides se mezclaron con las variedades silvestres locales para dar origen a una tradición vitivinícola que persiste, genéticamente reconocible, hasta nuestros días.

El enigma del origen del vino ibérico

España y Portugal figuran hoy entre los grandes productores mundiales de vino, con regiones de renombre como La Rioja o el valle del Duero. Se sabe desde hace tiempo que esta tradición hunde sus raíces en la Antigüedad, pero determinar el momento y las circunstancias exactas de su nacimiento ha sido, hasta ahora, un problema difícil de resolver. Los estudios genéticos sobre variedades de vid modernas ofrecen pistas indirectas sobre su ascendencia, pero no permiten establecer con certeza qué plantas concretas llegaron a Iberia ni en qué época lo hicieron. Solo el material arqueológico, analizado con las técnicas de secuenciación genética actuales, puede tender ese puente entre el pasado remoto y el presente.

Con ese objetivo, un equipo liderado por la investigadora Carolina Royo, del Instituto de Ciencias de la Vid y del Vino, decidió recurrir directamente a las semillas. Su trabajo se suma a una línea de investigación arqueobotánica que en los últimos años ha empezado a arrojar luz sobre la historia agrícola de la Edad del Hierro en la península ibérica, un periodo de intensos contactos mediterráneos y de profundas transformaciones económicas y culturales.

Semillas ancladas en el tiempo: la metodología del estudio

El equipo reunió veintiocho semillas de uva procedentes de siete yacimientos arqueológicos repartidos entre España y Cerdeña, conservadas gracias a condiciones de anegamiento que impidieron su degradación durante más de dos mil años. En conjunto, estas semillas cubren un arco temporal extraordinario, desde la Edad del Hierro hasta la Edad Media, lo que ha permitido a los investigadores trazar la evolución genética de la vid cultivada a lo largo de dos milenios completos.

A partir de estas muestras, los científicos extrajeron ADN nuclear y ADN de cloroplasto, comparándolo después con los perfiles genéticos de variedades de vid cultivadas y silvestres actuales. El análisis del ADN de cloroplasto resulta particularmente revelador, ya que en la vid se transmite exclusivamente por vía materna, lo que permite reconstruir con claridad las líneas de parentesco femenino y, por extensión, establecer de qué población de origen procede cada linaje.

Los fenicios y la llegada de la vid domesticada

Los resultados sitúan las semillas cultivadas más antiguas del sur de España en torno al año 1000 a.C., y revelan que su firma genética está estrechamente emparentada con variedades modernas del Mediterráneo oriental y de los Balcanes. Este dato respalda una hipótesis que la arqueología llevaba tiempo sugiriendo a partir de la cultura material: que fueron los colonos fenicios quienes introdujeron las primeras vides domesticadas en la península, en el marco de la intensa red comercial que estas comunidades tejieron por todo el Mediterráneo occidental a comienzos del primer milenio antes de Cristo.

Según los propios autores del estudio, la viticultura ibérica comenzó precisamente con la llegada de estas vides domesticadas de origen oriental, coincidiendo con el proceso de colonización fenicia de las costas del sur y el sureste peninsular. Este episodio se inscribe en un fenómeno más amplio de expansión agrícola mediterránea, en el que los fenicios actuaron como vectores de difusión de cultivos, técnicas y saberes entre las distintas orillas del Mediterráneo.

El cruce con las vides silvestres ibéricas

La historia, sin embargo, no se detiene en la simple importación de plantas foráneas. El estudio documenta que, ya durante la Edad del Hierro, algunas de las semillas analizadas presentan una combinación genética singular: junto a la ascendencia doméstica oriental, aparecen rasgos característicos de las vides silvestres autóctonas de la propia península ibérica y de Europa occidental. Esto indica que, poco después de su llegada, las vides fenicias no permanecieron genéticamente aisladas, sino que se cruzaron con las poblaciones de Vitis vinifera silvestre que ya crecían en los bosques y riberas ibéricos.

Este proceso de hibridación resulta clave para entender la genealogía del vino ibérico: no se trata de una simple transferencia de una tradición vitivinícola completa desde Oriente, sino de un fenómeno de mestizaje agrícola en el que las comunidades locales adaptaron e integraron las nuevas plantas, combinándolas con su propio patrimonio vegetal silvestre. El resultado, hacia el año 500 a.C. aproximadamente, fue la consolidación de un grupo genético propiamente ibérico, ya diferenciado tanto de sus antepasados orientales como de las vides silvestres locales.

De la Edad del Hierro a la copa actual: una continuidad extraordinaria

Quizás el hallazgo más sorprendente del estudio sea la persistencia de este linaje genético a lo largo de casi tres milenios. Los investigadores lograron establecer una conexión directa entre una semilla medieval procedente de Valencia y una variedad española que se cultiva hasta hoy, conocida como Pasa Valenciana. Este tipo de correspondencias demuestra que ciertas variedades de vid actuales no son simplemente herederas simbólicas de una tradición antigua, sino portadoras literales de la misma firma genética que ya presentaban sus predecesoras hace más de dos mil años.

Esta continuidad convierte a la viticultura ibérica en un caso excepcional de estabilidad agrícola a largo plazo dentro del Mediterráneo occidental. Mientras otros aspectos de la vida material y social de la península experimentaron transformaciones profundas —desde la propia iberización cultural hasta la posterior romanización—, el patrimonio genético de la vid mantuvo hilos de continuidad que se prolongan, de manera verificable, hasta las variedades que hoy dan forma a los vinos españoles y portugueses. En cada copa de un caldo ibérico contemporáneo perviven, todavía, ecos genéticos de aquellas primeras vides que los fenicios trajeron consigo hace tres mil años.

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