Entre las armas de la Antigüedad tardía y el medievo, pocas alcanzaron la fama y el terror asociados al llamado fuego griego (ignis graecus), término con el que los cruzados medievales designaron a los proyectiles incendiarios empleados por el Imperio bizantino, o romano de Oriente, en el combate naval del Mediterráneo oriental desde aproximadamente el año 673 d.C. hasta finales del siglo XII.

Nave Bizantina utilizando el fuego Griego. Fuente

Se trataba de un líquido combustible que se lanzaba sobre las naves enemigas a través de un tubo de bronce o latón, el siphōn, instalado en la proa de los barcos bizantinos. La sustancia se adhería a cualquier superficie, incluida el agua, y resultaba prácticamente imposible de extinguir con los medios de la época, lo que otorgaba a la flota bizantina una ventaja táctica decisiva frente a sus adversarios.

Origen y primeros usos

El auge naval del poder árabe en el siglo VII planteó un desafío considerable para Bizancio. La adopción de la vela latina —una vela triangular que permitía a los barcos navegar más cerca del viento y ganar en maniobrabilidad— dio a las flotas árabes una superioridad técnica notable. Fue en este contexto donde el fuego griego adquirió un papel central en la estrategia defensiva bizantina.

Según el testimonio de Teófanes el Confesor, monje y cronista de comienzos del siglo IX, el arma habría sido inventada por Calínico, un arquitecto de origen sirio procedente de Heliópolis, que huyó de su ciudad ante el avance musulmán. El llamado «fuego marino» se utilizó con éxito para destruir la flota árabe que bloqueaba Constantinopla durante la batalla de Cícico, hacia el año 673 d.C., ocasionando la muerte de las tripulaciones enemigas. Cabe señalar que el propio Teófanes apunta, no sin cierta contradicción, que ya existían naves bizantinas equipadas con el siphōn en los años 671-672, lo que sugiere que Calínico pudo haber perfeccionado una tecnología preexistente más que inventarla ex novo. Este episodio se inscribe, además, en el contexto más amplio de los prolongados asedios árabes a Constantinopla (674-678 y 717-718), en los que el fuego griego resultó determinante para la supervivencia del imperio.

Un arma de Estado

El fuego griego no solo se empleó contra enemigos externos, sino también en conflictos internos, como el que enfrentó al emperador Miguel II con el usurpador Tomás el Eslavo en el año 821. La fórmula era considerada un secreto de Estado de origen divino: el emperador Constantino VII Porfirogéneto (r. 913-959), en su manual de política imperial, advertía a los extranjeros contra cualquier intento de conocer la receta, afirmando que esta había sido revelada por un ángel al emperador Constantino el Grande y que debía fabricarse únicamente entre los cristianos y en la ciudad gobernada por ellos, sin ser jamás enviada ni enseñada a otra nación. El propio texto narra, con tono aleccionador, el castigo divino sufrido por un gobernador militar que traicionó el secreto.

El arma continuó empleándose contra nuevos adversarios en los siglos siguientes. En el XI, el caudillo vikingo Ingvar el Viajero se topó con naves bizantinas armadas con fuego griego, según recoge una saga nórdica que describe cómo la sustancia se calentaba en un horno antes de ser expulsada por el tubo de bronce con un rugido aterrador; los historiadores modernos deducen que una bomba debía presurizar el líquido, que se inflamaba al abrirse una válvula ante una llama. Uno de los últimos usos navales documentados data de 1099, cuando, según relata la princesa Ana Comnena en su obra Alexíada, el fuego griego fue empleado contra una flota de la República de Pisa cerca de la isla de Rodas; la misma autora describe cómo el siphōn de cada nave remataba en una cabeza dorada de fiera —como un león— por cuya boca salían las llamas, aumentando el efecto de terror sobre el enemigo. Ana Comnena documenta también su empleo terrestre contra los normandos en 1108.

Una receta perdida

La composición exacta del fuego griego sigue siendo objeto de debate. Un intento de reconstrucción llevado a cabo en 2002 por el historiador bizantinista John Haldon propuso el uso de un tipo particular de petróleo crudo, ligero y de baja viscosidad, procedente de la región comprendida entre el mar Negro y el mar Caspio —entonces bajo dominio bizantino—, posiblemente combinado con resina o aceite de pino, sustancias pegajosas y altamente inflamables.

Declive y legado cultural

Pese a su eficacia indiscutible, el uso del fuego griego decayó con el paso de los siglos, ya fuera por la pérdida del conocimiento técnico necesario para propulsarlo o por la progresiva pérdida bizantina del control sobre las fuentes de petróleo crudo a medida que el imperio se contraía territorialmente. El secreto de su fabricación se extinguió definitivamente con la caída de Constantinopla ante los otomanos en mayo de 1453, sin que hasta hoy alquimistas, historiadores, químicos y arqueólogos experimentales hayan logrado determinar con certeza su fórmula original.

Con todo, el fuego griego dejó una huella cultural perdurable, convertido en objeto de mito y especulación. Su eco puede rastrearse incluso en la literatura fantástica contemporánea, como el «fuego valyrio» de las novelas de George R. R. Martin, adaptadas en la serie Juego de Tronos, donde reaparece como un secreto de Estado capaz de arder sobre el agua, introduciendo el horror casi mítico del arma bizantina a una nueva generación de públicos.

Fuentes

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