No creo que muchas personas se fijen en los ladrillos de los muros cuando visitan Hagia Sophia en Estambul,  pero yo si, y de hecho les tomé unas fotos, ya que me llamó la atención que eran muy largos y delgados. Además tenían entre ellos  una gruesa capa de malta que los unía.

Y cuando vi este artículo no me pude resistir de resumirlo y compartirlo.

Muro de ladrillos largos y delgados de Hagia Sophia en Estambul
Muro de ladrillo de Hagia Sophia. Me llamo la atención que eran más largos y delgados que los que comúnmente se utilizan actualmente.

A primera vista, los ladrillos que forman los muros de Santa Sofía parecen un detalle menor, casi invisible, eclipsados por los mosaicos dorados y la inmensidad de la cúpula. Pero para un equipo de investigadores italianos y mexicanos, esos ladrillos guardaban una historia que nadie había sabido leer del todo: la historia de quiénes los fabricaron, cuándo, y por qué algunos de ellos recorrieron siglos antes de ser colocados en su lugar definitivo.

Santa Sofía no es un edificio, sino varios superpuestos. Su historia constructiva se articula en cuatro grandes fases. La primera data de los siglos IV y V, cuando el emperador Constancio II consagró la primera iglesia en el emplazamiento.

Le siguió la gran basílica de Justiniano, inaugurada en el año 537, que es en esencia el edificio que hoy conocemos. A lo largo de la Edad Media y el período otomano se añadieron reparaciones, refuerzos y ampliaciones que modificaron la estructura original. Esta complejidad constructiva quedó registrada no solo en los documentos históricos, sino también, como revela el estudio, en los propios materiales.

El equipo reunido por Mirco Taranto y Domenico Miriello, de la Universidad de Calabria, junto con investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), tomó veintinueve muestras de ladrillos de distintas partes del edificio, cada una atribuida a una fase constructiva diferente según los estudios históricos previos. Sobre ese material aplicaron una batería de técnicas analíticas: microscopía óptica de luz polarizada, fluorescencia de rayos X (XRF), difracción de rayos X en polvo (XRPD) y análisis termogravimétrico (TGA). A todo ello añadieron un enfoque innovador: el análisis micro-químico mediante espectroscopía de energía dispersiva (EDS) aplicado directamente a la fracción arcillosa de la matriz del ladrillo.

El resultado fue una radiografía química del edificio. Los ladrillos no son iguales entre sí, y sus diferencias no son aleatorias: responden a la composición de las arcillas utilizadas en cada período. Cada época de construcción dejó su huella mineralógica.

El descubrimiento más llamativo del estudio es el que se refiere a los muros del siglo XIV. Cuando los investigadores analizaron los ladrillos atribuidos a esa fase tardía de reparación, encontraron que su composición química era prácticamente idéntica a la de los ladrillos del siglo VI, los de la gran obra de Justiniano. La conclusión es tan lógica como fascinante: durante las obras de reconstrucción del siglo XIV, probablemente motivadas por los daños causados por un sísmo, los constructores reutilizaron los ladrillos de época justinianea que habían caído de los muros originales. La reparación se hizo, en parte, con los mismos materiales del edificio fundacional.

Detalle del muro de ladrillos de la basílica de Santa Sofía
Muro de ladrillos de Hagia Sophia.

Esta práctica de reutilización —conocida en arqueología como «spolia»— no era en absoluto excepcional en el mundo medieval. En una ciudad tan cargada de historia como Constantinopla, los materiales de edificios anteriores circulaban de obra en obra durante generaciones. Lo que el estudio demuestra es que incluso dentro de un mismo monumento se produjo ese reciclaje silencioso, difícil de detectar a simple vista pero legible para la química.

Más allá del hallazgo concreto, el estudio tiene un valor metodológico importante. El enfoque micro-EDS sobre la matriz arcillosa permite distinguir composiciones que los métodos más tradicionales no habrían podido separar con tanta precisión. Se trata de una técnica que puede trasladarse al análisis de otros edificios históricos donde la secuencia constructiva sea compleja y los materiales reutilizados.

Para Santa Sofía, cuya conservación sigue siendo objeto de debate internacional, conocer con exactitud la naturaleza de los materiales de cada fase constructiva es también una información práctica: permite orientar mejor las intervenciones de restauración, eligiendo materiales compatibles con los originales de cada período.

Hay algo conmovedor en la idea de que un ladrillo cocido en el siglo VI sobreviviera al colapso de un muro, al paso de ochocientos años, y terminara siendo colocado de nuevo en el mismo edificio. Los grandes monumentos suelen contarse a través de los nombres que los encargaron: Justiniano, Constantino, Solimán el Magnífico. Pero debajo de los mosaicos y las inscripciones está el trabajo anónimo de los alfareros que eligieron una arcilla particular en un lugar particular, y la memoria de esa elección persiste, silenciosa y precisa, en la composición química de un ladrillo que todavía sostiene uno de los edificios más extraordinarios del mundo.


Fuente información:

https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S1296207418309166

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