En el antiguo hipódromo de Jerash, una ciudad de la actual Jordania que en otro tiempo formó parte del Imperio Bizantino, los arqueólogos han confirmado algo que desde hace tiempo se hipotizaba: cientos de personas murieron en cuestión de días, víctimas de una misma enfermedad, y fueron enterradas juntas en un único y apresurado acto colectivo. Es la primera fosa común de la historia vinculada con certeza genética y arqueológica a la Peste de Justiniano, la primera pandemia de peste bubónica registrada en el mundo mediterráneo.

El hallazgo, fue publicado en abril de 2026 en el Journal of Archaeological Science por un equipo interdisciplinario de la Universidad de South Florida.


La Peste de Justiniano (541–750 d.C.)

La Peste de Justiniano tomó su nombre del emperador bizantino Justiniano I, bajo cuyo reinado estalló la primera oleada, en torno al año 541. Causada por la bacteria Yersinia pestis —el mismo agente que siglos más tarde provocaría la Peste Negra medieval—, se extendió desde Egipto hacia el resto del Mediterráneo, diezmando ciudades enteras del Imperio Romano y alterando profundamente las estructuras sociales, económicas y militares de la época. Las estimaciones de víctimas varían, pero algunos historiadores calculan que pudo haber matado a decenas de millones de personas en sus sucesivas oleadas a lo largo de dos siglos.


Jerash: la primera prueba definitiva

Jerash, la antigua Gerasa greco-romana, era una ciudad próspera en la encrucijada de rutas comerciales del Oriente Próximo. En ella, el equipo liderado por el profesor Rays H. Y. Jiang encontró algo excepcional: una acumulación masiva de cuerpos depositados rápidamente sobre restos de cerámica en un espacio público abandonado, el antiguo hipódromo. El análisis genético confirmó la presencia de Yersinia pestis, y el estudio arqueológico estableció que se trató de un evento único, no de un cementerio que fue creciendo con el tiempo. Cientos de individuos enterrados en días, no en años.

Lo que convierte a Jerash en un caso singular es precisamente esa combinación de evidencia biológica y contexto social. No es solo un dato epidemiológico: es una historia de personas.


Una población móvil, reunida en la muerte

Uno de los descubrimientos más llamativos del estudio tiene que ver con el origen de los fallecidos. El análisis bioarqueológico reveló que muchos de los individuos enterrados en la fosa pertenecían a una población móvil, acostumbrada a desplazarse por la región, que en condiciones normales vivía dispersa y mezclada con la comunidad urbana de Jerash. En los cementerios convencionales, esa movilidad es difícil de detectar: los muertos se integran gradualmente en el registro funerario y sus orígenes se diluyen.

La crisis lo cambió todo. Cuando la enfermedad golpeó con rapidez, esas personas de procedencias diversas fueron reunidas en un solo lugar. La fosa común hizo visible lo que la vida cotidiana ocultaba: redes de movimiento, conexión e interdependencia que atravesaban el territorio.


Las pandemias como fenómeno social

Más allá de la epidemiología, el equipo de la Universidad de South Florida propone una lectura más amplia: las pandemias no son solo eventos biológicos. Son también eventos sociales que revelan quién es vulnerable, por qué razón, y cómo responden las comunidades cuando los mecanismos ordinarios de la vida colapsan.

En Jerash, el comercio, el movimiento de personas y los cambios en el entorno crearon las condiciones para que la enfermedad se propagara con devastadora eficacia. Es un patrón que, como señalan los investigadores, sigue siendo relevante hoy.

El estudio es el tercero de una serie en curso. Los dos anteriores se centraron en identificar el agente patógeno. Este va más allá: trata de entender a las personas que murieron, cómo vivían, cómo se movían, y qué aspecto tenía la muerte en masa dentro de una ciudad real del mundo antiguo.


La fosa de Jerash es, en definitiva, nos recuerda que las grandes catástrofes de la historia no son solo cifras o fechas: son acumulaciones de vidas individuales, cortadas abruptamente, que los siglos han preservado bajo la tierra hasta que alguien, con paciencia y ciencia, se ha puesto a escucharlas.

Fuente información:

https://www.sciencedaily.com/releases/2026/04/260423031540.htm

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