En el verano de 1537, la isla de Corfú se convirtió en el escenario de uno de los episodios más recordados de la larga rivalidad entre Venecia y el Imperio otomano. El almirante Jeireddín Barbarroja puso sitio a su fortaleza por orden del sultán Solimán el Magnífico, pero a diferencia de tantas otras posesiones venecianas que habían caído en las décadas anteriores, Corfú resistió. Fue el inicio de la tercera guerra turco-veneciana, un conflicto que se prolongaría hasta 1540.

Una alianza inesperada contra Venecia
El origen del asedio no estuvo en un conflicto directo entre Venecia y los otomanos, sino en la alianza franco-otomana forjada por Francisco I de Francia con Solimán el Magnífico para hacer frente a su enemigo común, el emperador Carlos V. El plan contemplaba una ofensiva combinada: mientras Francisco I atacaba el norte de Italia con un ejército de 50.000 hombres, la flota otomana, al mando de Barbarroja, debía desembarcar en el sur.
Antes de sumarse a esta campaña, Barbarroja había pasado buena parte de 1537 hostigando las posesiones venecianas del Egeo, aunque Venecia se mantenía oficialmente neutral en el conflicto entre Francia y el Imperio. Con una flota de unas 250 galeras reunida en Valona (Albania), Barbarroja arrasó Siros, Egina, Paros, Naxos, Ios y otras islas del archipiélago, además de saquear la costa italiana de Otranto, antes de dirigirse finalmente hacia Corfú.
Una fortaleza que resistió al sultán
A finales de agosto de 1537, la flota otomana llegó frente a Corfú, y el propio Solimán se sumó a la campaña al frente de su ejército. La ciudad, defendida por una guarnición veneciana reforzada con tropas españolas, resistió los ataques gracias a la solidez de sus murallas, construidas y ampliadas durante siglos precisamente para hacer frente a este tipo de amenazas.
El asedio se prolongó varias semanas, pero una epidemia que se extendió entre las tropas otomanas, sumada a la firmeza de la defensa, llevó a Solimán a tomar una decisión inusual: levantar el cerco a mediados de septiembre de 1537 y retirarse hacia Constantinopla sin haber conquistado la plaza. Fue una de las escasas ocasiones en que una gran ofensiva otomana en el Mediterráneo terminó en fracaso.

Corfú, la plaza que nunca cayó
El de 1537 fue solo uno de los cinco grandes asedios otomanos que sufrió Corfú a lo largo de su historia, en 1430, 1537, 1571, 1573 y 1716, y en ninguno de ellos la isla llegó a caer. Esta resistencia convirtió a la fortaleza en un símbolo de la defensa veneciana en el Jónico, y explica por qué, siglos más tarde, Corfú llegaría a ser la capital de facto de los dominios venecianos de ultramar entre 1669 y 1797, tras la pérdida de Creta.
Las consecuencias inmediatas
Aunque Corfú resistió, la campaña de Barbarroja por el Egeo había sido devastadora para los intereses venecianos, y el ataque a una posesión de la Serenísima, pese a su neutralidad inicial, terminó por arrastrarla a la guerra. Alarmada por la agresividad otomana, Venecia se alió con el papa Paulo III y con Carlos V para formar la Liga Santa de 1538, una coalición cristiana que reuniría la mayor flota combinada de la época. Aquella alianza, sin embargo, no tardaría en sufrir un severo revés frente al propio Barbarroja, apenas un año después, en la Batalla de Préveza.
Fuentes
- Siege of Corfu (1537) — Wikipedia (inglés)
- Liga Santa (1538) — Wikipedia
- Las guerras turco-venecianas hasta Lepanto — Historipedia
- Las fortalezas de Corfú — La Pasión Griega



